
RESISTENCIA
LAS LETRAS
DISFRAZADAS
DE
POR: KATHERIN DAYANNA ARÉVALO CARRIÓN
En los mismos territorios marcados por la violencia y el abandono, los narcocorridos relatan con crudeza y a veces con orgullo las gestas del narco, mientras la música de protesta levanta sus versos contra la represión, la desigualdad y el olvido. Ambos géneros surgen de un mismo suelo herido, pero miran en direcciones distintas. Una entona la gloria del poder conseguido por fuera de la ley; la otra insiste en la dignidad como forma de lucha.


Anajilda Mondaca Cota
Profesora e investigadora mexicana de la Universidad Autónoma de Occidente, Culiacán, Sinaloa. Realizó sus estudios de doctorado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (Iteso), en Guadalajara, donde escribió la tesis “Narcocorridos, ciudad y vida cotidiana: espacios de expresión de la narcocultura”. Su investigación parte del interés por comprender cómo los narcocorridos se insertan en la vida cotidiana, construyen sentidos sobre el poder, riesgo y territorio.

¿Cómo llegó al estudio del narcotráfico y qué la llevó a interesarse en este tema en particular?
En realidad, el estudio del narcotráfico más bien ha sido el pretexto para poder entender todas esas expresiones culturales que se han venido desarrollando a partir de la presencia de este fenómeno. El narcotráfico en México y en Sinaloa lleva más de un siglo de existencia, pero al principio no se le conoció como tal; era simplemente tráfico de drogas ilegales. No es hasta mediados del siglo XX cuando empieza a distinguirse el narcotráfico como lo conocemos ahora.
La primera expresión cultural que se vinculó con el esto fue precisamente la música, específicamente los corridos. Con el tiempo, estos se fueron transformando en "narcocorridos", reflejando la realidad de este fenómeno. Mi interés surgió para entender la simbología, las representaciones sociales y los imaginarios colectivos generados por este tipo de música, especialmente en el contexto de su desarrollo.
¿Consideras que los narcocorridos romantizan ciertas formas de poder que van de la mano con la ilegalidad?
Sí, en cierta medida sí, porque en los narcocorridos clásicos, por llamarlos de alguna manera, se habla mucho de la situación de pobreza que supuestamente habrían vivido los personajes a los que aluden y que eso hizo que en la actualidad ya tuviera las riquezas y el poder que tiene. De alguna manera eso se romantiza, porque al final de cuentas se vuelve un modelo aspiracional para muchas de las personas que lo escuchan. Entonces, se quedan en la idea de que, si fuiste pobre, humillado, golpeado, por tener todo el dinero, te conviertes en un ser poderoso. Esa idea permea de alguna manera, y hace que desafortunadamente en muchos sectores de la población, vean la posibilidad de una mejora de vida. Y eso, vemos que en la realidad no sucede.
¿Cómo cree que esto impacta la percepción social sobre la violencia, en los contextos en los que las personas escuchan este tipo de canciones?
El impacto no es tan fácil de medir, porque tampoco podemos hablar de una influencia, no podemos hablar de efectos por solo escuchar ese tipo de música. En mis trabajos de campo, tuve la oportunidad de acercarme con jóvenes, sobre todo hombres, y lo que encontraba eran opiniones divididas, no podemos decir que todos y todas las jóvenes, escuchan narcocorridos y se vuelven delincuentes o se vuelven violentos; eso no es así. Sin embargo, sí podemos observar ciertos efectos en términos de la música propiamente. Más allá de las letras, sabemos que la música mueve muchas fibras y mueve a las emociones, se baila sin saber lo que se está bailando, se canta muchas veces sin saber lo que se está cantando; entonces al escuchar ese tipo de música con esos acordes, con esos instrumentos, sabemos que mueve a actos, por ejemplo: descargar armas (disparar balas al aire), porque la emoción de escuchar cierta música, o cierto personaje con el que haya habido alguna relación cercana, hace que la gente, sobre todo en las zonas urbanas, “tire bala”, como se dice comúnmente, porque hay gente armada. Eso sí es un indicio de violencia, porque descargar un arma al aire, no deja de ser riesgo.
¿Cree que los narcocorridos logran trazar una línea entre narrar la realidad y glorificarla? ¿Y qué lugar ocupa la responsabilidad de quienes los crean?
A mí me parece que en los narcocorridos no hay límites para hablar, porque se le canta y se glorifica al consumo de alguna droga, personaje, capo, figura importante en el mundo del narcotráfico. No hay censura, porque lo que se quiere es contar todo lo que sucede. Y creo que no sienten ninguna responsabilidad, porque a final de cuentas es una forma de mercantilizar la violencia. Lo único que está de por medio es la parte económica, el consumo y la circulación de esa música. Muchas veces se componen a medida, a gusto de quien los va a pagar.



¿Cómo cree que se diferencian los narcocorridos de otros géneros de música que también narran la marginalidad?
Yo considero al narcocorrido como un texto, un documento que forma parte del análisis del discurso. Me da información que la fuente oficial no proporciona. Encontramos en ellos muchas claves, más incluso que en diarios o informes del Estado. Es una aportación social para conocer ese universo con mayor profundidad; ahora bien, la diferencia con la música protesta es enorme. Esta última no solo denuncia injusticias, sino que busca mover al pensamiento crítico, tiene un sentido social y de compromiso; en cambio, los narcocorridos tienen un enfoque aspiracional: se exalta el dinero, los lujos, las armas, no generan un sentido de vida positivo, sino que mercantilizan la violencia, la venden. Y lejos de promover el pensamiento crítico, reduce las expectativas de vida, al narrar y celebrar lo que ocurre en el narcotráfico.
Como huella útil, es la música de protesta la que deja algo. Ha estado presente en la lucha social, en movimientos campesinos y estudiantiles, esa música sí dejó marca en quienes vivieron esos procesos; pero luego apareció el narcotráfico como forma de vida, y desplazó esa historia. Hoy la música del narco ha cobrado más fuerza, pero no deja nada útil, salvo ganancias económicas para quienes viven de ese fenómeno. La diferencia es abismal: la música protesta despierta un sentido de justicia y de igualdad. En los narcocorridos, por el contrario, lo que se exalta es el consumo de drogas, de marcas costosas y de bienes materiales, no pasa de ahí.
¿Ha cambiado la narrativa oficial o pública sobre su asesinato con el tiempo?
Yo creo que siempre se supo que lo mataron los militares. Lo que faltaba eran los detalles, pero se sabía. Víctor es un personaje muy poderoso, muy querido. En el estallido social del 2019, por ejemplo, la gente empezó a cantar “El derecho de vivir en paz”, una canción que no tiene que ver con su muerte, pero fue adoptada como símbolo. El único gobierno que negó su asesinato fue el de Pinochet. Después, con la democracia, se crearon comisiones de verdad. Hay sectores de ultraderecha que quieren negar lo que pasó, pero el discurso hegemónico en Chile y en el mundo es que Víctor Jara fue asesinado brutalmente, injustamente, por militares. Un asesinato absurdo e idiota, como todos los de la dictadura.
en Latinoamérica, los narcocorridos han sido prohibidos mediáticamente. A su vez, la música protesta ha sido perseguida, censurada y estigmatizada. ¿Cuáles cree que son las diferencias entre estas dos formas de censura?
A la música de protesta le ha costado tener presencia porque no genera las mismas ganancias económicas que los narcocorridos; en México, por ejemplo, casi no circula, no la escuchamos en emisoras ni en internet como sí sucede con los narcocorridos. Hay que buscarla en espacios muy focalizados. En cambio, los narcocorridos están en la calle, y por más que se prohíban, se siguen escuchando. Un músico me dijo que lo que menos les preocupaba era la prohibición, porque su mayor circulación está en internet, y ahí no hay censura, sus ganancias siguen prácticamente intactas. Con la música protesta, aunque también tuvo momentos de prohibición, la diferencia es que para el Estado ya no representa un problema, no permea, no molesta.
¿Por qué cree que el Estado reacciona de manera tan distinta frente a la música que denuncia las injusticias y la que exalta figuras ilegales?
La música protesta, cuando incomoda, se censura. Pero en el caso de los narcocorridos no hay una censura real, solo una narrativa que se reactiva cada tanto. En Sinaloa, por ejemplo, cada vez que ocurre algo grave, se vuelve a hablar de prohibirlos, pero no pasa de ahí, es una intentona. En muchos conciertos, aun sabiendo que son de narcocorridos, se les advierte a los cantantes de una posible multa. Pero las ganancias son tan altas que eso no les afecta en lo más mínimo. Pagan y siguen cantando. Entonces, ¿de qué tipo de censura estamos hablando?
Además, hay que decirlo: también está la parte de la corrupción. Este tipo de espectáculos deja enormes ganancias, no solo por la música, también por el consumo de bebidas, de drogas, por todo lo que se mueve alrededor; no hay propuestas reales que contengan ese fenómeno. En cambio, la música protesta, que también denuncia injusticias, prácticamente ha desaparecido del espacio público. Es una diferencia abismal y nos habla muy claro de las prioridades del Estado.

¿Cómo cree que se diferencian los narcocorridos de otros géneros de música que también narran la marginalidad?
Yo considero al narcocorrido como un texto, un documento que forma parte del análisis del discurso. Me da información que la fuente oficial no proporciona. Encontramos en ellos muchas claves, más incluso que en diarios o informes del Estado. Es una aportación social para conocer ese universo con mayor profundidad; ahora bien, la diferencia con la música protesta es enorme. Esta última no solo denuncia injusticias, sino que busca mover al pensamiento crítico, tiene un sentido social y de compromiso; en cambio, los narcocorridos tienen un enfoque aspiracional: se exalta el dinero, los lujos, las armas, no generan un sentido de vida positivo, sino que mercantilizan la violencia, la venden. Y lejos de promover el pensamiento crítico, reduce las expectativas de vida, al narrar y celebrar lo que ocurre en el narcotráfico.
Como huella útil, es la música de protesta la que deja algo. Ha estado presente en la lucha social, en movimientos campesinos y estudiantiles, esa música sí dejó marca en quienes vivieron esos procesos; pero luego apareció el narcotráfico como forma de vida, y desplazó esa historia. Hoy la música del narco ha cobrado más fuerza, pero no deja nada útil, salvo ganancias económicas para quienes viven de ese fenómeno. La diferencia es abismal: la música protesta despierta un sentido de justicia y de igualdad. En los narcocorridos, por el contrario, lo que se exalta es el consumo de drogas, de marcas costosas y de bienes materiales, no pasa de ahí.
¿Ha cambiado la narrativa oficial o pública sobre su asesinato con el tiempo?
Yo creo que siempre se supo que lo mataron los militares. Lo que faltaba eran los detalles, pero se sabía. Víctor es un personaje muy poderoso, muy querido. En el estallido social del 2019, por ejemplo, la gente empezó a cantar “El derecho de vivir en paz”, una canción que no tiene que ver con su muerte, pero fue adoptada como símbolo. El único gobierno que negó su asesinato fue el de Pinochet. Después, con la democracia, se crearon comisiones de verdad. Hay sectores de ultraderecha que quieren negar lo que pasó, pero el discurso hegemónico en Chile y en el mundo es que Víctor Jara fue asesinado brutalmente, injustamente, por militares. Un asesinato absurdo e idiota, como todos los de la dictadura.
en Latinoamérica, los narcocorridos han sido prohibidos mediáticamente. A su vez, la música protesta ha sido perseguida, censurada y estigmatizada. ¿Cuáles cree que son las diferencias entre estas dos formas de censura?
A la música de protesta le ha costado tener presencia porque no genera las mismas ganancias económicas que los narcocorridos; en México, por ejemplo, casi no circula, no la escuchamos en emisoras ni en internet como sí sucede con los narcocorridos. Hay que buscarla en espacios muy focalizados. En cambio, los narcocorridos están en la calle, y por más que se prohíban, se siguen escuchando. Un músico me dijo que lo que menos les preocupaba era la prohibición, porque su mayor circulación está en internet, y ahí no hay censura, sus ganancias siguen prácticamente intactas. Con la música protesta, aunque también tuvo momentos de prohibición, la diferencia es que para el Estado ya no representa un problema, no permea, no molesta.
¿Por qué cree que el Estado reacciona de manera tan distinta frente a la música que denuncia las injusticias y la que exalta figuras ilegales?
La música protesta, cuando incomoda, se censura. Pero en el caso de los narcocorridos no hay una censura real, solo una narrativa que se reactiva cada tanto. En Sinaloa, por ejemplo, cada vez que ocurre algo grave, se vuelve a hablar de prohibirlos, pero no pasa de ahí, es una intentona. En muchos conciertos, aun sabiendo que son de narcocorridos, se les advierte a los cantantes de una posible multa. Pero las ganancias son tan altas que eso no les afecta en lo más mínimo. Pagan y siguen cantando. Entonces, ¿de qué tipo de censura estamos hablando?
Además, hay que decirlo: también está la parte de la corrupción. Este tipo de espectáculos deja enormes ganancias, no solo por la música, también por el consumo de bebidas, de drogas, por todo lo que se mueve alrededor; no hay propuestas reales que contengan ese fenómeno. En cambio, la música protesta, que también denuncia injusticias, prácticamente ha desaparecido del espacio público. Es una diferencia abismal y nos habla muy claro de las prioridades del Estado.


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