

POR: LINA MARCELA BOTERO VALENCIA
CANTAR
NO
PARA
CALLAR


La música protesta no busca aplausos en grandes escenarios, esta emerge de una causa colectiva en busca de la necesidad de expresar lo que muchos callan. Históricamente la música protesta se ha definido como canciones asociadas a movimientos por un cambio, una herramienta para masificar la movilización social por medio de composiciones. Sin embargo, esta no es la única definición, se transforma según quien la escuche, la cante, o la necesite.






“La música protesta está mal bautizada –Dice Edson Velandia, músico y compositor, quien ha creado piezas musicales de protesta en Colombia–. La música es comunicación y cualquier canción podría ser una herramienta para la protesta, no tiene que ser hecha con un objetivo político, puedes elegir la canción “cumpleaños feliz” y cantarla el día que nació Jorge Eliécer Gaitán en una plaza pública y de esa manera se convertirá en protesta. En realidad, es la música del pueblo”.
Jaime Monsalve, periodista y jefe de programación musical de Radio Nacional de Colombia, preferiría nombrarlo de la siguiente manera: “Toda la música y el arte es político, aunque no parezca. Siempre hay una visión política, diferente a las canciones que deliberadamente tuvieron la intención de denunciar algo. Creo que es algo que siempre va a pervivir, que desde que haya injusticias en el mundo, el arte y la cultura tendrán un algo al que cantarle o al que manifestarse”.
Una visión complementaria la tienen Mortis y los desalmados, una banda de Country Punk de Bogotá. Ellos consideran que: “Desde sus inicios esta siempre ha querido dejar un mensaje. La música protesta nace debido a un contexto social latinoamericano que se marca muy fuerte. Somos hijos e hijas de un contexto determinado y en la música siempre encontramos un refugio para dignificar la rabia”.
Lukas Rodríguez es Coordinador Nacional de la estrategia de territorialización del Centro Nacional de Memoria Histórica. Sin embargo, su formación profesional se ha destacado por la construcción de la memoria a partir de la música y la evolución musical que existe en el territorio colombiano, dando cátedras sobre el uso político de la música y los procesos históricos que la atraviesan. Para él, la música protesta obedece al movimiento social de la canción protesta, debido a contextos determinados que han marcado a Latinoamérica:
“No solo se ha dado en escenarios de protesta, sino en otros contextos socioculturales de reivindicación, por ejemplo, de usos, costumbres y tradiciones –Afirma Lukas–; Mucha de esta música protesta eran los cantos de vaquería, que se dieron en distintos ritmos musicales y en diferentes circunstancias históricas. Eran canciones que hacían de manera espontánea trabajadores, no necesariamente educados o incluso analfabetas”.
Los cantos de vaquería son una tradición oral que ha sobrevivido a pesar de los procesos de modernización, como forma de resistencia simbólica frente a la homogenización cultural. Además, reivindican la dignidad del trabajador rural, que históricamente ha sido explotado y marginado.
Esa resistencia también se refleja en voces como las de Ana y Jaime, un dúo musical conformado por dos hermanos bogotanos, quienes entienden la música protesta como un espacio legítimo que reconoce y defiende el derecho a ser rebeldes: “Ese es el espacio que tenemos nosotros para poder expresar lo que no nos parece que debe suceder. La música tiene una ventaja linda, y es que se presta para refrendar una idea y a la vez hacer que la gente rememore algo”.
La música protesta no es solo un género, es un sentimiento. No se define por acordes ni por estilos, sino por la fuerza para expresar lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir. No es solamente una respuesta al poder, sino también un acto de cuidado hacia la historia, el territorio, y a quienes han sido negados por el relato oficial. Mientras haya injusticia, habrá canto. Y mientras haya canto, existe la posibilidad de transformarse.



