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MIENTRAS HAYA

INJUSTICIA,

HABRÁ

CANTO

POR: NATALIA BOLÍVAR CASALLAS

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Harvey Hernández nació en Bogotá, pero su alma se formó entre los sonidos de Cali y las revueltas de la Universidad Nacional en los años 70 y 80. Antropólogo, sociólogo, ex DJ, militante cultural y servidor pastoral, ha vivido la música como una pulsación constante en su vida: primero como estudiante universitario, luego como figura clave del mítico bar Quiebracanto, y más tarde como testigo de las transiciones sociales y políticas de Colombia. Para él, la música de protesta no es un género sino una necesidad humana, un grito que acompaña la historia de los pueblos desde su origen. 

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Hoy, su figura conserva la vitalidad de un caminante persistente. De complexión robusta y sonrisa afable, Harvey viste con la misma soltura con la que habla: una camisa estampada, pantalones azul intenso, zapatos deportivos y una llamativa bandolera naranja cruzada al pecho, que parece cargar no solo objetos, sino décadas de memoria cultural. Camina con paso seguro, pero tranquilo, como quien no tiene prisa porque lleva la historia en los hombros. Su rostro, surcado por líneas suaves, refleja la experiencia sin perder la calidez. Sus ojos chispean cuando habla de música, y sus manos, expresivas, acompañan cada frase como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. 

Aunque su trayectoria no se dio sobre grandes escenarios ni bajo reflectores, Harvey fue protagonista silencioso de uno de los movimientos culturales más significativos de la capital colombiana. Desde su rol como DJ y programador musical en espacios icónicos como El Hueco y Quiebracanto, dio forma al universo sonoro que acompañó a una generación marcada por la lucha política, la represión y la búsqueda de sentido a través del arte. Con una memoria prodigiosa, recuerda nombres, lugares, canciones, consignas. Harvey encarna el archivo vivo de una época. Tiene la costumbre de mirar hacia arriba antes de responder, como si rebuscara entre los estantes del pasado el dato exacto, la anécdota precisa. 

Su historia también narra cómo la música de protesta consiguió abrir espacio en Colombia: sorteó censuras, resistió los silencios impuestos por los medios y encontró refugio en las noches universitarias y en los altavoces callejeros. 

Cuando se le pregunta sobre el origen de la música de protesta, Harvey no duda en ir al principio. “El llanto del bebé ya es una forma de protesta. Llorar porque se tiene hambre o incomodidad es una forma de exigir justicia. La música es eso: una respuesta visceral al mundo”. Para él, toda música contiene en sí un germen de protesta, sobre todo cuando nace desde lo más profundo del pueblo. Su tono, cuando dice esto, cambia: se vuelve pausado, casi pedagógico, como quien está acostumbrado a sembrar ideas en otros. 

En América Latina, la música de protesta se consolidó como un movimiento a partir de 1968 y ganó fuerza durante toda la década siguiente, hasta finales de los años setenta. En Colombia, sin embargo, su desarrollo resultó más fragmentado y tardío. “Aquí llegaron primero las influencias chilenas, argentinas y mexicanas. Mientras en el sur se hablaba con quenas, charangos y zampoñas, aquí aún estábamos en los boleros de la radio”, recuerda. La primera gran ola de música contestataria en Colombia vino del exterior: Violeta Parra, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui. De ellos aprendimos que la guitarra también podía ser un arma. Al nombrarlos, su voz adquiere un tono reverencial; baja la mirada y junta las manos como si hiciera una ofrenda. 

Sin embargo, el país también empezó a gestar sus propios referentes. Harvey menciona con entusiasmo a Ana y Jaime, un dueto colombiano que a finales de los sesenta interpretaba versiones de Víctor Jara, pero también canciones propias como Café y Petróleo, con fuertes mensajes políticos. “Ellos fueron fundamentales. Mostraron que también desde aquí se podía cantar con sentido y compromiso.” Sonríe con orgullo al recordarlos, como si hablar de ellos fuera hablar de un linaje al que pertenece. 

En la clandestinidad, la música fue refugio y trinchera. Harvey relata cómo, en medio de reuniones obreras y estudiantiles, alguien siempre sacaba una guitarra o una tambora. “Ahí nacían las canciones, muchas sin nombre, muchas sin grabarse jamás, pero todas necesarias.” A finales de los setenta, se formaron brigadas culturales en torno a los movimientos políticos. Una de las más destacadas fue la Brigada Víctor Jara, organizada por la Juventud Comunista (JUCO), con grupos como Silvia y Nacho o los Hermanos Escamilla. “Eran músicos con formación clásica, pero con alma revolucionaria. Tocaban bambucos y pasillos con letras durísimas. Eso marcó una generación.” Cuando relata estas escenas, su mirada se pierde por momentos, como quien se ve a sí mismo sentado en una asamblea, con una guitarra cerca y una canción naciendo en el aire. 

Las universidades públicas fueron epicentro de esta efervescencia. La Nacional, la Pedagógica, la Distrital, la Universidad del Valle, todas sirvieron de escenario para conciertos espontáneos, fogatas culturales y festivales alternativos. “Recuerdo una toma de la Plaza Che en el 81. Estuvimos semanas acampando ahí, sosteniéndonos con música. Era lo único que nos mantenía despiertos y unidos.” Al recordar ese episodio, su postura se endereza, como si el cuerpo también quisiera volver a esa plaza y resistir de nuevo. 

Pero a partir de los años ochenta, ese impulso sufrió un golpe. Harvey lo describe como una “decadencia”, no por falta de compromiso, sino por el cambio de escenario político y cultural. “Se vino la tecnología, el rock comercial, los medios se concentraron. La radio dejó de ser nuestra. Las grandes cadenas como Caracol y RCN compraron emisoras independientes y las pusieron al servicio del entretenimiento vacío.” Al decirlo, niega suavemente con la cabeza, con una mezcla de tristeza y resignación, como quien ya ha contado esta historia muchas veces y aún le duele. 

Mención especial merece Quiebracanto, un pequeño bar que se convirtió en catedral sonora de la resistencia bogotana. “Allí llegó por primera vez la Nueva Trova Cubana. Me acuerdo cuando me pasaron un cassette y me dijeron: ‘Pon esto, es Silvio Rodríguez’.” Poco después, el bar trajo por primera vez a Colombia a Noel Nicola, cantautor cubano y uno de los principales impulsores del Movimiento de la Nueva Trova, reconocido por la fuerza poética y política de sus letras, y, años más tarde, a Pablo Milanés y a Silvio Rodríguez. “Silvio vino al Coliseo del Campín en 1993 y pidió conocer Quiebracanto. Dijo que ese sitio había sido el primero en tocar música del Movimiento de la Nueva Trova.” Al narrar esto, su voz se llena de emoción. Se le escapa una risa breve, como quien aún no cree haber estado en el centro de algo tan grande. 

Cuando se le pregunta si la industria musical ha adulterado el mensaje original, es tajante: “Más que la industria, fueron los medios. En Colombia, la concentración de emisoras hizo que solo se escuchara lo que convenía. Se silenciaron voces. Pero la gente encontró otras maneras. La música sobrevivió, como siempre.” Harvey tiene una forma serena pero firme de indignarse: sus cejas se arquean levemente y su voz se vuelve más grave, sin necesidad de levantarla. 

Harvey Hernández es memoria viva, resistencia sonora, archivo andante. Alto, de piel morena clara, cabello entrecano y expresión serena, su presencia transmite tanto calidez como convicción. Su testimonio revela que la historia de la música en Colombia no se escribió solo en los estudios ni en las listas de éxitos, sino en los bares alternativos, en las residencias estudiantiles tomadas, en las esquinas donde un rapero todavía grita su rabia con ritmo. 

Pero el impulso de esos años sufrió una inflexión en los ochenta. El auge del rock, la expansión de la industria musical y la represión de los gobiernos autoritarios desdibujaron parte de ese movimiento. Sin embargo, la protesta no desapareció: se transformó. Harvey destaca el papel del hip hop, del rap barrial y de la salsa como nuevas formas de canalizar el descontento. “La salsa en Cali fue más que fiesta: fue identidad, fue la respuesta popular a la música elitista de los clubes sociales”, asegura. Cuando habla de Cali, se ilumina. “Allá el ritmo no se escucha, se camina”, dice moviendo ligeramente los hombros, como si aún lo llevara en el cuerpo. 

Hoy, Harvey sigue vinculado a la música, aunque desde otro lugar. Es servidor pastoral de una iglesia y ha reencontrado en los himnos cristianos una forma de resistencia espiritual. Aún se le puede ver recorriendo la ciudad con su cruzada bandolera naranja, como si la llevara cargada de canciones e historias. Sus pasos son pausados, pero firmes. Su presencia inspira confianza: tiene el tipo de energía serena que hace que la gente se acerque sin miedo, como si supiera escuchar incluso antes de hablar. Pero su compromiso con la historia cultural del país sigue intacto. “La música no se detiene, solo cambia de forma. Puede ser un bambuco, un reguetón consciente o una canción que suena en una marcha. Mientras haya injusticia, habrá canto.” 

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