top of page
FONDO MERCEDES.jpg

donde la salsa

quiebracanto:

quiebracanto:

se vive

no se baila,

POR: maria josé guzmán gómez

fachada quiebracanto posterizada.png

En las calles oscuras de la carrera 5 y de la calle 16 del centro de Bogotá, se ilumina un foco de luz cálida que invita al transeúnte a ingresar. Hay una puerta en madera gruesa de color caramelo, que hay que empujar con algo de esfuerzo para ingresar a al local. Su piso está iluminado por luces rojas que contrastan con sus paredes color verde de las que cuelgan cuadros con más de un metro de altura; las imágenes son variadas, desde afiches de cine hasta carteles de eventos que tuvieron lugar allí. 

ISMAEL.png

Es un lugar acogedor en el que muchachos y adultos de vieja data se sientan en la barra a tomar algunos tragos, así como hay otros que salen a la pista de baile para disfrutar de un clásico de la salsa. En un día tranquilo no hay mucha afluencia de personas y se puede apreciar que la decoración conserva el estilo callejero en los ladrillos desnudos de algunas paredes, mientras que mantiene un espíritu cercano con el piso entablado que se extiende por la segunda planta. 

Allí está Ismael Matallana, un hombre que roza los 70 años, con un bigote de color canoso sobre su labio superior y unos ojos atentos que observan cada uno de los movimientos del bar que administra. No es un desconocido para quienes concurren Quiebracanto pues lleva más de 20 años allí, algunos de estos como cliente, pero en su mayoría como administrador.  

“Están en su casa. No duden en pedir o preguntar lo que necesiten”.Es lo primero que menciona al sentarse en la silla.  

Al hablar sobre las raíces de Quiebracanto se remonta a 1979 cuando dos amigos, Álvaro Mansalva y Julián Serna, quisieron fusionar sus gustos. Por un lado, Manosalva estaba sumergido en el auge de la trova cubana mientras que, Serna, como buen oriundo del Valle del Cauca, transpiraba las letras de la salsa que se producía en su tierra y lo nuevo que llegaba por los puertos del Pacífico. Quiebracanto surgió en un lugar pequeño que reproducía canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Héctor Lavoe para cautivar a estudiantes del centro de Bogotá y algunos curiosos de la Universidad Nacional de Colombia en donde ambos dueños socializaban. 

Matallana relata que fue una coincidencia llegar a este lugar. Menciona que fue una noche en la que junto a uno de sus amigos entró y le encantó al ambiente, por lo que poco a poco se convirtió en una tradición visitarlo, a la vez que construía un lazo de amistad con Álvaro. 

“Yo lo molestaba diciéndole “Déjeme el bar. Yo se lo administro”. Al principio se reía, pero un día me dijo “¿Usted estaba hablando en serio cuando me dijo lo del bar?”. Quién se iba a imaginar que por una broma iba a terminar como administrador”. 

A pesar de que Ismael está a cargo de la parte administrativa, Manosalva sigue muy presente en las instalaciones pues es quien se encarga de la decoración y de las reformas estructurales por su experiencia como arquitecto. De cualquier manera, siempre busca la excusa para darse una vuelta por el local, saludar a sus clientes, revisar que todo esté en orden y sentarse en la oficina a charlar con Ismael como en los viejos tiempos. 

Esos recuerdos tan preciados aún se materializan en la pared de casi dos metros que alberga acetatos del siglo pasado. Según Matallana, el 90% de estos son de salsa y el 10% de géneros variados como rock, reggae y folclore; estos mismos discos son lo que aún se utilizan para ambientar el bar. No hay un computador sino, un tocadiscos con las conexiones suficientes para que la música se esparza por todo el lugar. Así mismo, en la tarima del primer nivel que ha albergado artistas como la Orquesta La 33, hay un mural que retrata los rostros emblemáticos de la salsa, algunos de ellos reconocidos por involucrar temas sociales en sus letras. 

quiebra canto.png

“Por supuesto que hay protesta en la salsa. Yo creo que el que más lo ha hecho es Rubén Blades pues en sus canciones siempre está hablando de la situación de su país y en general del continente. Lo que pasa con el género es que a veces no se le pone tanto cuidado a la letra, sino que el ritmo es lo que lo incita a uno a bailar y disfrutar del momento”. 

Dice que en Quiebracanto siempre se han reproducido este tipo de canciones sin recaer en la censura y que, por el contrario, ha sido la cuna de grandes artistas como Orquesta La 33, ChocQuibDown y talentos provenientes de la Isla de San Andrés. Así mismo, el bar es reconocido como un lugar emblemático de la cultura bogotana debido a que, en el pasado, además de ser un bar de salsa, era un centro de encuentro donde se realizaban tertulias, proyección de películas, proclamación de poemas y punto de encuentro para personas de distintos ámbitos de la cultura. 

“En aquel entonces, era el epicentro de grandes transformaciones, el simple hecho de que se generara conversación entre los clientes sobre los temas sociales que estaban de puertas para afuera, hacían que Quiebracanto fuera un espacio seguro para compartir ideas mientras se disfrutaba. Por eso mismo pienso que Quiebracanto es una herencia. He visto cómo llegan muchachos simplemente porque sus papás les inculcaron el gusto por la salsa o simplemente por el bar, e incluso cuando no ha sido así, sólo basta con un par de clases para que les guste el género y pierdan la vergüenza de bailar”. 

Con respecto a los jóvenes, estos no se quedan en los clientes, sino que, son quienes le dan vida y orden a este sitio pues los meseros son jóvenes universitarios que laboran allí para poder pagar sus gastos. Sin embargo, más allá de esto, son el rostro de las nuevas generaciones que no dejan que Quiebracanto muera y siga persistiendo como el corazón latente de la salsa en el centro de la capital. Así pues, mientras los gustos cambian y las propuestas musicales son tan distintas, Matallana tiene algo claro y es que hay que tener un buen oído y un criterio para abrir las puertas de Quiebracanto a las nuevas propuestas, aunque siempre guardando un espacio para aquellos, que como él dice, ya se ganaron un espacio en el corazón del bar. 

—No sé cuánto tiempo siga dirigiendo el bar, pero sé que la persona que siga después de mí debe saber que, ante todo, lo que importa es la clientela. Sin ellos Quiebracanto no existiría ni seguiría siendo el origen de tantos recuerdos. 

Mientras las horas pasan, los acordes son absorbidos por las paredes llenas de historia, así como en las personas que disfrutan del sitio. Si algo queda claro es que Quiebracanto no sólo es un bar, es un hogar para muchos que buscan resguardarse de la oscuridad y frialdad de Bogotá. Es un corazón que aún late con fuerza y que demuestra que la salsa no se baila, se vive. Y mientras viva Quiebracanto, siempre habrá un lugar en el que las letras de Héctor Lavoe y otros salseros sigan sonando. 

quiebra canto.png
fotos de: maria josé guzmán gómez
bombos-02.png
bombos-02_edited.png
bottom of page