

VÍCTOR
EL ENEMIGO Y
JARA:
POR: KATHERIN DAYANNA ARÉVALO CARRIÓN
AMIGO DEL
PAÍS
QUE
LO
MATÓ
“‘¡A ese hijo de puta me lo traen para acá!’, gritó el oficial apuntando con su dedo a Víctor Jara en el Estadio Nacional, Chile, la tarde del miércoles 12 de septiembre de 1973”, narra Boris Navia Pérez, sobreviviente de la masacre del Estadio. Esa noche, el comienzo de la más oscura de Chile, Jara cantó para levantar el ánimo de las casi mil personas que se resguardaban en la UTE. “Yo te enseñaré, hijo de puta, a cantar canciones chilenas, no comunistas”, le dice al cantor un oficial que lo descubre en el estadio, recuerda Navia.
“Esa misma noche, ya en el Nacional, lleno de prisioneros, al buscar una hoja para escribir, me encontré en mi libreta, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, que escribió unas horas antes de morir y que él mismo tituló ‘Estadio Chile’, conteniendo todo el horror y el espanto de aquellas horas.”
En un género tan controversial y atacado como lo es la música protesta, muchos artistas han tenido que cantarle a la muerte, porque en una sociedad como la latinoamericana, lo que suena a enemigo debe ser eliminado. Víctor Jara fue compositor y cantante, nació el 28 de septiembre de 1932 en Chillán Viejo, Chile, y fue asesinado el 16 de septiembre de 1973, solo cinco días después del golpe militar contra el presidente socialista Salvador Allende. Jara fue detenido y llevado al Estadio Nacional, rebautizado como Estadio Víctor Jara en 2003, allí fue víctima de interrogatorios y torturas por su militancia y por haber trabajado en el gobierno de Salvador Allende. Su cuerpo fue con 44 impactos de bala.


JORGE ANDRÉS LEIVA
Periodista chileno y encargado del área de documentación del Archivo en la Fundación Víctor Jara, organización sin fines de lucro que surge en 1993 por iniciativa de Joan Jara viuda del cantautor y sus hijas Manuela y Amanda, con el objetivo de preservar y proyectar la vida y obra de Víctor Jara, tanto en sus valores humanos como en su aporte al patrimonio artístico y cultural.

¿Cuál cree que era el rol de Víctor Jara dentro de la Nueva Canción Chilena y cómo se relacionaba con los movimientos sociales de su tiempo?
La Nueva Canción Chilena es un movimiento musical que surge en Chile a mediados de los años 60, y que está muy emparentado con otros movimientos latinoamericanos, que empezaban a cuestionar las concepciones de un folclore oficial, ese que se había construido en la primera mitad del siglo XX a partir de una imagen idealizada de país.
En esa nueva música aparecen otros personajes: los pescadores, los mineros, los obreros, los barrios cordilleranos, todos inmersos en un mundo conflictivo. Y Víctor Jara fue clave en esa historia, no solo porque era un gran compositor y cantante, sino porque fue articulador de todo ese fenómeno... recogía esas historias, pero era parte de algo más grande. Lo que pasa es que sus canciones eran más conocidas porque realmente era muy talentoso, y sus letras eran muy acogidas, por eso se volvió un blanco más importante.
¿Cómo cree que era percibido Víctor Jara por el régimen militar de Pinochet y por los sectores más conservadores de la época?
Para los sectores conservadores Jara siempre fue un personaje molesto. Tiene que haberles dolido mucho que él tomara canciones folclóricas y les metiera letra política. Era un momento muy polarizado y él se identificaba con el gobierno socialista. Fue amenazado en la calle, como otros músicos que eran vistos como enemigos. Cuando se desata la represión, muchos músicos se van al exilio; a Víctor lo detienen, lo llevan al Estadio Chile y lo matan.
Para los militares, él era simplemente un cantante marxista, ni siquiera comprendían su obra; no la conocían, eran ignorantes. Para ellos él era parte de un plan comunista para destruir el país, así que era un enemigo.
Antes del golpe del 73, ¿ya existían señales claras de amenazas hacia los artistas de música de protesta?
Más que amenazas, había tensión. En el año 69, por ejemplo, en un concierto en un colegio, le tiraron piedras a Víctor. Había esa sensación de que ellos eran enemigo. Pero la persecución real vino después del golpe. No era una persecución sistemática o muy inteligente, era brutal, era imponer el miedo. A los músicos no los mataban a todos, pero sí los mandaban al exilio, les cerraban espacios. Lo de Jara fue una señal clara, lo mataron cinco días después del golpe. Entonces, se entendió el mensaje.
¿Qué táctica usó la dictadura para censurar a los artistas?
En el año 74, el encargado del Ministerio de Cultura se reunió con directivos discográficos y les dijo que era mejor prescindir de la música andina, esa del norte de Chile, Bolivia, Perú, porque estaba asociada a la izquierda. Además, impusieron el toque de queda a las 10 u 11 de la noche. Eso acabó con la vida nocturna y artística. No es que los quisieran callar, era más bien omitirlos. Los medios llenaron sus parrillas con baladas y música romántica.
Fue una política sistemática de omisión con todo: con la música, la cultura, la literatura… había una cortina musical que hizo Víctor jara de TDN del Canal nacional, todos los días la daban, se llama Charagua una canción, de un perro animado llamado Tevito que aparecía tocando un tamborcito. Los militares borraron todos los archivos, porque lo consideraban su enemigo, había un peso simbólico en todo este personaje, pero eran estrategias tan burdas como esa.



¿Qué documentación existe en la Fundación Víctor Jara sobre su detención y posterior asesinato?
La Fundación nace 20 años después de su muerte, pero Joan Jara, su esposa, es clave. En 1978 ella se sienta en los tribunales a exigir justicia, en plena dictadura. El proceso tuvo muchos hitos y terminó con una condena en agosto de 2023: 10 militares chilenos, 8 vivos, 2 muertos. Uno se suicidó cuando lo iban a buscar, otros se escondieron, otros presentaron un certificado médico… Pero la verdad judicial es que a Víctor Jara lo asesinaron militares chilenos en septiembre del 73.
En 2009 se exhumó su cuerpo y se estableció que la bala que lo mató (la más contundente, ubicada en la cabeza) fue disparada por una pistola que solo tenían oficiales del Ejército. Entonces hay una verdad establecida, hay condenas, hay documentos oficiales. En la Fundación tenemos testimonios de sobrevivientes, documentos judiciales, confesiones de algunos militares. Existe todo eso, hay verdad judicial. El problema es que se demoró 50 años.
¿Ha cambiado la narrativa oficial o pública sobre su asesinato con el tiempo?
Yo creo que siempre se supo que lo mataron los militares. Lo que faltaba eran los detalles, pero se sabía. Víctor es un personaje muy poderoso, muy querido. En el estallido social del 2019, por ejemplo, la gente empezó a cantar “El derecho de vivir en paz”, una canción que no tiene que ver con su muerte, pero fue adoptada como símbolo. El único gobierno que negó su asesinato fue el de Pinochet. Después, con la democracia, se crearon comisiones de verdad. Hay sectores de ultraderecha que quieren negar lo que pasó, pero el discurso hegemónico en Chile y en el mundo es que Víctor Jara fue asesinado brutalmente, injustamente, por militares. Un asesinato absurdo e idiota, como todos los de la dictadura.
¿Qué efecto tuvo su muerte en el movimiento musical de protesta en Chile y en América Latina?
Fue un remezón tremendo. Muchos músicos no lo podían creer; Víctor no era una persona violenta. Su asesinato generó dolor, indignación, pero también mucho respeto; tanto respeto que por años no se grabaron sus canciones en Chile, no porque hubiera miedo, sino porque era como demasiado.
Nosotros en la Fundación siempre hemos dicho que Víctor Jara no es importante porque lo mataron, o por cómo lo mataron. Es importante porque era un artista enorme. Musicalmente dejó clásicos universales: Te Recuerdo Amanda, El cigarrito, El derecho de vivir en paz. (Te recuerdo Amanda ha sido cantada por artistas como Isabel Parra en Chile, pasando por Mercedes Sosa en Argentina, Silvio Rodríguez en Cuba, y Bruce Springsteen en Estados Unidos, hasta Ute Lemper en Alemania. Esta cadena de voces ha llevado la canción de Víctor Jara a resonar como un himno universal de amor y lucha). Su muerte fue un golpe emocional, simbólico, uno de esos que marca para siempre. Y por eso, aunque lo mataron, no lo pudieron callar.


"EL DERECHO DE VIVIR
EN PAZ"
1971
